China se prepara para acelerar sus reformas

Updated: Jun 14, 2018

Con más poderes que nunca, Xi Jinping impulsa decenas de medidas en varios frentes para modernizar del país. Los cambios tendrán un costo en el crecimiento y en sus socios comerciales.


Marcela Vélez-Plickert para Diario Pulso: Especial sobre 2018


De manera lenta, para no sumir al mundo en una crisis, China está cambiando su modelo de crecimiento. Durante la última década, analistas han repetido una y otra vez que China necesita pasar de una economía basada en las exportaciones de manufacturas poco sofisticadas a un modelo donde el consumo, la inversión privada y el desarrollo tecnológico tendrán un rol fundamental. Ya ha dado algunos pasos en ese sentido. Este ha sido el año en que el mundo ha visto una ola de multimillonarias aperturas a bolsas de empresas chinas, y no cualquier tipo de empresas, sino gigantes tecnológicas, como Baidu, Tencent y Alibaba. Su ritmo de crecimiento, en capitalización de mercado, supera incluso a la de sus pares estadounidenses, Facebook y Amazon.

El consumo se ha convertido ya en uno de los principales motores de crecimiento y lo seguirá siendo el próximo año. Porque si 2017 fue cuando el presidente chino, Xi Jinping, concentró el poder para llevar adelante su programa de reformas, el próximo año será cuando estas aceleren su paso.

En su intervención en el congreso quinquenal del Partido Comunista, realizado en octubre, Xi prometió hacer de China un país “básicamente modernizado” y con un modelo de desarrollo basado en la innovación para 2035, y una potencia mundial para 2050. Para ello planteó fortalecer el consumo como base para el desarrollo económico, expandir la clase media y reducir la brecha entre las áreas rurales y urbanas. Todo esto mientras se abren gradualmente algunos sectores de la economía, se pone freno a los insostenibles niveles de deuda y se reduce el exceso de capacidad industrial.

Xi no solo recibió aplausos, también le fueron entregados más poderes que a ningún otro mandatario, desde Mao Tse Tung.

Con el gobierno bajo su control, Xi ya no está obligado a regirse por una meta anual de crecimiento. Hasta ahora ha existido la idea de que la economía china no resistiría una tasa de crecimiento anual bajo 7%, sin arriesgar un alto desempleo o convulsión social. Pero se está demostrando lo contrario. Si las proyecciones son acertadas, la economía china cerrará 2017 con una expansión en torno a 6,8%. Para el próximo año, Goldman Sachs, el FMI, y ABN Amro coinciden en proyectar una desaceleración a una tasa de 6,5%. El Banco Mundial espera una tasa de expansión aún más moderada, de 6,2%.

Pero la desaceleración no es al azar. Es una consecuencia de las necesarias medidas para reducir el exceso de capacidad que se ha construido en las últimas dos décadas, sobre todo a costa de un masivo endeudamiento, que, según estimaciones de Bloomberg Economics, podría superar el 327% del PIB para 2022.

“La desaceleración gradual de China está yendo de la mano de su transformación estructural. Este cambio implica pasar de una industria primaria al impulso de nuevas industrias tecnológicas y estratégicas y los servicios. Esa transformación requiere de tiempo, pero ya ha comenzado”, afirma Arjen van Dijkhuizen, economista sénior de ABN Amro.

El gobierno de Xi está actuando ya en varios frentes. Hace una semana, los supervisores financieros anunciaron una reforma de gran magnitud para diversos activos financieros, equivalentes a unos US$15 billones. Se trata de instrumentos sofisticados, que sirven para entregar créditos entre privados.

También ha habido un giro en la política respecto a las empresas estatales. Aunque no de manera masiva, el gobierno está dejando quebrar a empresas poco productivas, en lugar de continuar manteniéndolas a través de financiamiento fiscal.

En busca de un mayor desarrollo tecnológico, y enfrentar el grave problema de contaminación del país, considerado uno de los peores del mundo en esta materia, el gobierno central ordenó la reducción de la producción de productos como el acero durante este invierno, además de ofrecer incentivos para las empresas que reduzcan sus emisiones o inviertan en su cambio a energías limpias en lugar de carbón.

Todo esto tiene un lógico impacto en los volúmenes de producción y expansión económica. Considerando que China es la segunda economía del mundo, responsable de un tercio del crecimiento global este año, según el FMI, estos cambios tendrán un impacto directo en la cadena comercial a nivel mundial. El impacto podría ser aún mayor para los países proveedores de materias primas para el gigante asiático. “El tema clave para 2018 es el ritmo en el que el gobierno chino decida avanzar y su habilidad para implementar gradualmente las medidas. China representa casi la mitad de la inversión mundial, así que lograr un ajuste y hacerlo de forma gradual es realmente importante, no solo para China, sino para todo el mundo”, advirtió recientemente Andrew Tilton, economista jefe para Asia-Pacífico de Goldman Sachs Group, en entrevista con Bloomberg.

El banco estadounidense proyecta que la desaceleración continuará hacia 2019, para cuando prevé una tasa de expansión de 6,1%. Pero el panorama no sería tan preocupante para los exportadores de materias primas, si bien Xi está empeñado en reducir los excesos de deuda, capacidad y controlar una posible burbuja financiera, China aún tiene mucho por hacer en materia de urbanización. Además, como señala ANZ, el banco australiano-neozelandés, si quiere alcanzar las metas que expuso ante el Partido, en los tiempos previstos, Xi debe procurar que el ingreso per cápita se expanda 6,6% anual hacia 2035 y el PIB a un ritmo no menor a 4,9% hacia 2050.


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