Putin se prepara para ganar un cuarto período

La élite rusa se pregunta qué vendrá después de 18 años al mando del presidente ruso.

Marcela Vélez-Plickert para Diario Pulso



Vladimir Putin será electo por cuarta vez presidente de Rusia. El resultado de las elecciones del próximo domingo no es puesto en duda. Putin, quien busca un segundo período consecutivo, se enfrenta a un empresario que apenas marca 7,8% en las encuestas y a la hija de su mentor político, una joven estrella de televisión, a quien se acusa de inscribir su candidatura solo para dar credibilidad a una elección dominada por el aparataje estatal.

Así, el próximo domingo no se decide la presidencia de Rusia, sino en qué pie quedará Putin en lo que se ve como el inicio del fin de su gobierno. Electo por primera vez en 1999, Putin cumplió dos períodos consecutivos, el máximo que permite la ley, para luego convertirse en el primer ministro de Dmitry Medvedev, su ungido político. Su cambio de cargo solo sirvió de paréntesis para su regreso a la presidencia en 2012. Desde su llegada al gobierno, Putin se concentró en establecer una red de hombres leales en cargos clave, al mismo tiempo que tomaba control de otros poderes del estado y de la prensa, mientras se deshacía de sus detractores.

Para cuando termine su próximo período, en 2024, Putin tendrá 71 años. Su edad plantea cuestionamientos, así como la poca probabilidad que se le da a que busque seguir los pasos de su par chino, Xi Jinping, e intente cambiar la constitución para aferrarse al poder. Eso no iría en línea con su interés de ser un líder validado por Occidente.

“Las elecciones presidenciales marcarán la llegada de la Rusia post Putin… El comportamiento de los principales actores políticos y económicos rusos se definirá no por la presencia de Putin en el sistema, sino por las expectativas sobre qué pasará tras su partida”, afirman Ivan Krastev and Gleb Pavlovsky, investigadores del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

Este período “post Putin”, explican, no será contrario a su figura, pues para el país el mandatario se ha erigido ya como un personaje histórico. “Putin no es simplemente un presidente, sino el fundador de la verdadera Rusia post soviética”, agregan Krastev Pavlovsky.

Pero hasta el poderoso mandatario está viendo ya señales de desgaste, en parte debido a la falta de competencia. Con el triunfo seguro, puede que muchos no sientan motivación de ir a las urnas. Según Levada Center, la única encuestadora independiente del país, menos de un tercio de los rusos estaba seguro de ir a votar hasta el mes pasado. Eso sería un duro golpe para el Kremlin, que espera un triunfo con 70% de los votos y 70% de participación electoral, para blindar la credibilidad de Putin y de los comicios.

La alta participación es clave para desafiar la idea de que hay una creciente oposición. Desde 2011, el líder opositor Alexei Nalvany ha logrado movilizar cada año a miles de personas, especialmente jóvenes nacidos ya después de la era soviética, en marchas contra Putin y su gobierno. Visto como el único verdadero contendor a Putin, Nalvany fue, sin embargo, vetado de participar en la elección, con el argumento de haber sido acusado en el pasado de corrupción. Casos que Nalvany y organismos internacionales atribuyen a una retaliación política del Kremlin. En enero, Nalvany y otros cientos de personas fueron arrestados por protestar contra lo que acusan es una elección arreglada a favor de Putin.

“No hay elección si no hay opción” rezan los carteles con los que Nalvany llama a boicotear la elección de este domingo, en rechazo a un proceso electoral dominado por la maquinaria electoral del Estado. Corresponsales de la agencia Reuters reportaron esta semana que en varias ciudades las autoridades locales ofrecen premios a quienes vayan a votar. A lo que se suma una permanente campaña de propaganda en que se advierte que es Putin o el caos.

“Estabilidad”, “seguridad”, “identidad nacional” son conceptos que se repiten en el discurso de Putin y que marcaron su última intervención previa a las elecciones. En su discurso al electorado, Putin se presentó como el único que puede modernizar Rusia, al mismo tiempo que la mantiene a salvo de las amenazas de Occidente.

Para la élite rusa el temor no es al caos, sino a un cambio de las reglas del juego. Toda una generación se ha enriquecido desde la llegada de Putin al poder. En enero, el Departamento del Tesoro estadounidense identificó a un centenar de oligarcas a los que se vincula directamente con el presidente ruso, incluidos los CEO de las poderosas Gazprom y Rosneft, así como el dueño del club de fútbol inglés Chelsea, Roman Abramovich.

El director de estudios políticos rusos en el Carnegie Moscow Center, Andrei Kolesnikov, explica que Putin actúa actualmente como una especie de árbitro en un sistema donde quien quiere tener éxito en los negocios debe cumplir con la voluntad del presidente. Por eso, afirma, el objetivo del actual sistema político es mantener a la clase gobernante (los bendecidos por Putin) en el poder el mayor tiempo posible. “A medida que Putin se prepara para lo que sería su último período, las élites en el Kremlin y de este capitalismo de estado no tienen intención de avanzar de esta autocracia híbrida a un sistema más flexible, democrático y orientado al mercado. Eso sería demasiado, pues podría resultar en una pérdida de poder”.


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